Holmberg en Revista Ñ

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(...) No resulta fácil encontrar esta clase de alianza entre lírica y verdad; una que potencia los objetivos a mediano plazo tanto del informe político como de la prosa futurista y la narración de una experiencia del viaje. Sin embargo, saltando algunas distancias, Eduardo L. Holmberg puso en tensión estos discursos de aparente antagonismo en su Viaje a Misiones (1889). Médico y autor de raros cuentos de “fantasía científica” que publicaba en Caras y Caretas, Holmberg fue enviado por la Academia Nacional de Ciencias a cubrir flora, fauna y geografía de lo que, a partir de 1881, se llamó Territorio Nacional de Misiones. Viaje inserto en el contexto de construcción de una ciencia nacional: en relevo de los naturalistas europeos de mediados de siglo XIX, una nueva generación de doctos argentinos fueron desarrollando desde 1880 una textualidad científica sobre los territorios federalizados del Litoral y la Patagonia. En el trance de constituir un Estado nacional, el discurso de la ciencia aparece como la tercera avanzada institucional después de la militar sobre los pueblos originarios y la económica, que supuso repartija de tierras entre amigos y familiares (como lo manifiesta la visita al productivo ingenio de Rudecindo Roca, gobernador del flamante Territorio).

Pero el relato de Holmberg –redactado durante sus recreos del laboratorio a partir de las notas que tomó siete años antes– no es un típico informe naturalista. Si bien la crónica del viaje intenta mantener firmes las premisas de practicidad y verdad científica, se van colando algunas “derivas” literarias. La practicidad de la relación responde a la voluntad de Holmberg por que la lectura de su Viaje sea accesible a toda clase de lector. Aunque no siempre pueda “esquivar los tecnicismos” (que se reproducen sin descanso y llenan las páginas de plantas e insectos encriptados en latín), el viajero brinda a los amigos una recomendación de lectura pragmática: “si se trata de una cosa que vuela, imagínate que es una mariposa o lo que quieras; y si no vuela, piensa que es una araña o un ratón y sigue”. Así, Holmberg queda conforme en su adecuación a la realidad de Misiones y, al mismo tiempo, abre su libro hacia otras lecturas.

Cuando uno está a punto de atragantarse con la enumeración de especies y familias zoológicas, muchas veces ampliadas en trabalenguas notas al pie, acuden al rescate la semblanza de algún personaje curioso, como el incansable pescador Solari (dueño de una cabeza “que expresaría sus ideas en Dentudo, en Dorado o en Salmón, si estos peces tuvieran un lenguaje hablado”), escenas intensas que reproducen el ánimo viajero (como la pormenorizada navegación río arriba atascada de camalotes a cada curva en donde la prosa se constipa y enlentece, mimetizándose con la velocidad del barco), bucólicas descripciones de un hábitat que va encantando cada vez más al viajero, y reflexiones a cada fin de capítulo sobre la pertinencia de su propia escritura. Irónico, Holmberg se queda siempre con la suya: se amonesta y a la vez se da permiso, ya que “un libro de viaje no debe llenarse con médula lírica; pero, si alguno me acusa de adoptar lo que vitupero, le suplico elimine del mío lo que halle de tal carácter y que, juzgando el resto sin pasión ni preconceptos piense que, sea cual fuere la forma gráfica de mi tarea, reina en toda ella el más profundo respeto por la verdad. La posición de un adjetivo no arguye en contra”. Un positivismo jocoso para la época, antisolemne y consciente de la pluralidad de discursos que invaden a un texto (...)

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